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Cuatro párrafos de un no seropositivo

Corría el mes de noviembre cuando fijé una fecha para este evento. El 19 de febrero parecía una fecha algo lejana, pero inserta en un mes anodino de vuelta a la rutina, se me antojaba una buena elección. Por entonces, la idea que tenía en mente era la de ofrecer una visión del SIDA desde la Medicina, pretendiendo hacer de ello algo accesible y digerible. Finalmente, no fui yo el que dio la charla, porque el candidato idóneo apareció un 28 de diciembre en la reunión que celebramos los miembros de la Liga. Ese rookie de nuestro grupo no era otro que Jon Herrero, que anteriormente había sido el encargado de AVIEM (Asociación Vasca de Intercambio de Estudiantes de Medicina) en el área de VIH y enfermedades de transmisión sexual. Cedí, pues, el testigo, aun sin saber la templanza que mostraría de cara al público en el recientemente celebrado evento. Quedamos a mediados de enero en Bilbao, y nos pusimos a ello. Ese día, ni él ni yo imaginábamos el buen gusto de boca que se nos quedaría cuando terminó el evento.

Si de algo peca la universidad en España, es del encasillamiento del estudiante como receptor de conocimientos, una unidad de almacenamiento de información. Esta ha sido una de las raras ocasiones en las que estudiantes de un ámbito en concreto han ofrecido sus conocimientos a una variada audiencia. Ha sido, como digo, un ejercicio de reafirmación del estudiante como vehículo de transmisión de información. De una información veraz que pudo parecer fría o alejada de la actualidad, pero acorde a la visión aséptica que debe ofrecer una ponencia científica.

Hubo unos sobrios aplausos cuando Jon y Beatriz Olaizola –compañera de profesión de Jon terminaron su ponencia. Hasta ahí, la Medicina había hablado. Pero la Medicina también habló después. Fue de la mano de Asier Santamaría, estudiante de tercero, que la jornada a la que asistimos subió enteros. Subió a la tarima y, como si de un debate en la Universidad de Oxford se tratara, hilvanó una idea tras otra en una excelsa labor oratoria, en un discurso impecablemente escrito y pronunciado. Temas personales aparte, que al lector de este artículo no le interesan lo más mínimo, la calidad debe ser reconocida y puesta de relieve. De todas maneras, quien verdaderamente elevó la conferencia a otro nivel fue la cuarta persona que intervino. Tras un vibrante discurso, el cuarto invitado se sentó en la mesa del profesor, y la situación se volvió necesariamente plomiza. Midiendo cada palabra, nos relató su vida como seropositivo, y cada frase, cada silencio y cada mirada las sentí como una losa. Quienes compartíamos pupitre, no pudimos evitar empatizar con él. Empatizar, como lo que verdaderamente significa la palabra: ponernos en su piel. Nunca podremos imaginarlo, y sería hasta cierto punto frívolo decir que podemos. Callamos. Muchos de los presentes relativizamos nuestros problemas y admiramos el valor de alguien que lo había perdido prácticamente todo, salvo su arrojo, su valentía y sus ganas de vivir. Alguien que hizo que nos sintiéramos muy muy pequeños y muy muy quejicas.

La última mención, pero no por ello menos importante, deben recibirla quienes durante dos horas y media aguantaron estoicamente, primero una charla médica, y posteriormente discursos y testimonios sobre sidofobia. Quizá fue una de las pocas veces en las que los smartphones de los asistentes a un evento permanecieron en los bolsillos de sus propietarios. Solo por eso, mereció la pena.

Iker Miret

Iker Miret

Estudiante de Medicina en la UPV-EHU

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